miércoles, 1 de febrero de 2017

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Día de campo


Me despierto y el aire de campo me envuelve, respiro profundo y no muevo los ojos del techo. Esta es la diferencia esencial con despertar en el campo o en la ciudad; cuando te despertas en el campo nunca te falta el aire. Al lado mío Martín duerme, en silencio. Nunca había conocido a nadie tan silencioso al dormir, a veces, en medio de la noche me acercaba a su boca para ver si seguía respirando, poniendo la oreja bien cerca de la comisura de sus labios, sintiéndome una ansiedad enorme, ¿y si no respira, qué hago? Pero siempre respiraba y la angustia desaparecía.
Me siento en la cama y miro hacia afuera, enfrente está la casa del vecino, vacía, con sus postigos cerrados. No hay nadie en el campo en otoño porque no es divertido tener que trabajar para pasarla bien. En las sierras en verano se puede estar con poco, pero no así en las estaciones menos cálidas; que la leña, que la leche, que la garrafa. Sólo venimos los que realmente disfrutamos de estar solos.
La noche anterior nos habíamos ido la cama sin hablar, no estábamos enojados pero simplemente no había nada para decir, cada uno disfrutaba de sus momentos acompañando al otro en silencio. La gente de campo habla poco, no porque tengan poco para decir, sino porque sólo dicen lo necesario. Hacía una semana que estábamos acá, él no quería venir al principio pero terminé convenciendo, que necesitamos alejarnos un poco, que yo necesito alejarme, para qué queres quedarte en la ciudad, desde allá también podes trabajar y todas las excusas que encontré para poder escaparnos, y ahora que lo tenía acá no podía querer tenerlo más lejos. La necesidad es engañosa, y en esta inmensidad se hacía latente el hecho de la destrucción.

- Buen día, me dice Martín mientras se da vuelta para mirarme. 

Todavía tengo la mirada perdida en la ventana, por la que puedo ver los pinos que rodean la casa, como una muralla de protección del exterior. Su brazo intercepta mi cadera y logra abrazarme, ante el contacto mi cuerpo se suelta un poco y caigo otra vez en la cama. Martín apoya su cabeza en mi pecho y un poco lloro por la necesidad que tenía de ese contacto, de esa mano en mi cintura, de la calidez de otro cuerpo sobre el mío. Martín vuelve a dormirse y después de un rato me escapo de la cama.
Me caliento café, me pongo las zapatillas y salgo a caminar. Paso la tranquera y ya puedo sentir que se me aflojan las piernas: ya estoy del otro lado. En el pueblo sólo estamos nosotros y una pareja de ancianos que viven acá, cuidan las casas de los que no son de la zona y a sus animales. Los conozco desde chica pero nunca interactué con ellos directamente, siempre fue escondida detrás de la pierna de mi papá. Ellos llevan desde hace años la única despensa del pueblo en dónde íbamos a comer las noches de verano con las otras familias. Vino en pingüinito, pizza y empanadas, pan casero y a veces lechón.

Andrés, el hombre de la pareja, pasaba la mayor parte de la noche en el horno de barro preparando comida, y Celia, la mujer, amasando todo lo que comíamos. Ya finalizando la noche, los chicos nos dormíamos sobre nuestros padres. Recuerdo entreabrir los ojos por el griterío, mamá me apoya sobre el zócalo de la entrada, la veo correr despacio hacia papá para arrastrarlo de nuevo con nosotras. 

- Oiga, Andrés, baje la pala por favor, decía mi papá. 

Mamá le pedía que no se metiera. Del otro lado, Celia miraba a Andrés sin esconderse, parada frente a él, estática. Hay algo onírico en ese recuerdo, esa sensación de deja vú, de no saber qué parte estoy inventando y cual es real. La mirada de Celia, el llanto ahogado de Andrés, el tironeo de mi mamá sobre la camisa de mi papá, la conversación que vino después.

Doy un sorbo de café parada en la mitad del camino, miro hacia arriba para ver un cielo turquesa con unas nubes blancas chiquitas. Termino el café y dejo la taza en un montículo de hojas secas, pienso que al regreso la agarro, que es obvio que va a seguir ahí. Dudo unos segundos, pienso que alguien se la puede robar, me olvido que estoy en el medio de la nada. Respiro y vuelvo a la inmensidad. Recorro la tierra hacia la plaza del pueblo, salto la tranquera con candado y camino entre el pasto crecido con un poco de escarcha en sus puntas, los pantalones se me mojan paso a paso. Me siento en un zócalo de hormigón roto lleno de hormigas.

Esa noche, cuando volvimos a la casa, mamá intentó explicarle a papá que con la gente de campo es así y que uno nunca tiene que meterse en sus peleas. Mamá le decía a papá, tenés que entender que acá se vive distintos, las prioridades son otras, ¿entendés? Que se peleen no significa que no se amen, siguen juntos. Celia sabe como manejarlo al Andrés. El toma de más, ella lo ignora y así siguen todas las noches. Es parte de su rutina.

Me pierdo entre los árboles, ando sin pensar sobre el camino crecido, respiro hondo para llenarme de aire, de ese aire que necesito, de ese espacio que abarca toda la inmensidad. Veo la despensa a unos metros, pienso en entrar y comprar algo para tomar y después volver, Martín debe estar preocupado, si es que ya se despertó. Acá no hay celulares que anden.

Entro a la despensa y hago sonar ambas manos cuando veo que no hay nadie detrás del mostrador. Celia sale detrás de una cortina separadora de piedritas y me sonríe. No sabe quién soy, no me reconoce y yo no me presento como “la hija de”, sólo le devuelvo la sonrisa. Celia apoya una bandeja de tortas fritas recién hechas. Las miro y me ofrece una. Recién saliditas, me dice. Acepto, agarro la tortas frita envuelta en una servilleta y me la como. Celia me pregunta que voy a llevar, le digo que media docena de tortas fritas y una chocolatada. Andrés sale de la cortinita con las manos sucias del carbón. Me sonríe, pasa detrás del mostrador, agarra los cigarrillos, le besa la frente a Celia y sale hacia afuera. Agarro la bolsa de trotafritas, la chocolatada y salgo yo también. Andrés está acostado en la sombra, fumándose un cigarrillo y acariciándole la cabeza a un perro sucio y lleno de garrapatas. Nos saludamos con una sonrisa grande.

Entro a casa, Martín está en calzoncillos sentado en la mesa, leyendo. Le muestro lo que compré y se le ilumina la cara. Sirvo la chocolatada y mientras comemos tortas fritas recuerdo la taza que dejé en el camino con los restos de café, sobre el colchoncito de hojas secas. Martín me hace un chiste y me río, contenta, me río desde adentro, cuando la risa te sale casi como una escupida. Pienso, está bien dejar olvidadas algunas cosas a veces.

No se le niega nada a una madre.


Siento la luz y abro los ojos. Espero unos segundos, voy despegando las pestañas. La luz ciega todo. Ya no hay extremos, paredes ni techos, todo está teñido de una calidez soberana. Cierro los ojos, y aunque la luz ya no puede penetrarme se siente cerca su calor. Mamá me habla.


-¿Estás despierta?


Balbuceo una respuesta y espero un rato para levantar la cabeza, durante esos segundos de meditación sólo puedo escuchar su respiración gastada y el ruido de las máquinas. Me acuerdo donde estoy y abro los ojos sin tanto dramatismo, me siento en el sillón y la miro.


-Estoy despierta, perdón- Le digo mientras me refriego la cara.


Me sonríe. La luz le pega de lleno en la cara y todos los años se ven lúcidos en sus muecas, el pelo corto con las raíces crecidas marcan el inicio de su cara, algunos pelos en su mentón delimitan el final. Me levanto y la ayudo ir al baño, el camino es corto pero costoso y las ruedas del andador se traban en la alfombra. Todas las mañanas desarrollamos la misma rutina con valor, hay una necedad de su parte en entrar sola al baño, no importa cuanto le demore, no va a pedir ayuda. Yo aprovecho para mirar por la ventana, intentando recrear el movimiento externo, las idas y venidas matutinas, comprar el diario, tomar el colectivo. Me pongo en puntitas de pie contra el ventanal de la habitación y respiro el aire que no logra traspasar, pegando la nariz contra el vidrio tibio por el sol.


Algunos días su cansancio es tal que me pide que salga de la habitación para que pueda usar la pelela. Dice que no le parece justo que la vea así, a ella, que me cambió los pañales tantas veces, que un hijo no debe ver así a un padre. Yo salgo, porque no se le niega nada a una madre que se está muriendo. Mamá sale del baño y repetimos el camino hacia la cama, despacio, evitando los baches de la alfombra vieja del hospital.


Las tardes que se pone melancólica hablamos de su juventud, de sus verano en el campo aprendiendo a montar, de los hombres que dejó ir y de las peleas con el abuelo. Otras mañanas su humor es rebosante y la charla crece con una intensidad estresante. Habla de sus sueños, de lo maravilloso que es hacer todo por primera vez y luego se duerme y yo quedo mirando al vacío, con una culpa viscosa que me sube desde las piernas y me inmoviliza por no poder darle nada nuevo cuanto todo es ya tan viejo, ninguna nueva primera vez.

*

Esta tarde mamá dejó de hablar, a cada pregunta solo me mira y sonríe, cierra los ojos y vuelve a dormir. Los doctores dicen que es parte del proceso, así que me quedo callada respetando su silencio.

Luján dice que ella se queda a pasar la noche. No me siento cómoda yéndome, pasé tantas noches ahí, controlando que su respiración que dudo poder dormir estando en mi cama otra vez. Me tomo el colectivo y por unos minutos siento la cotidianidad envolverme, abrazo el anonimato de la multitud, las preocupaciones intrascendentes y me doy el lujo de enojarme con el tránsito mientras pienso qué cenar.

Me suena el celular y antes de atender ya sé que está pasando, me preparé durante meses para este momento, sé que está pasando. Lo sé. Me acosté intranquila dándole vueltas a la idea de lo injusto que es desvanecerse del modo que le está pasando a ella, progresivamente, sin permiso, frente a todos. Atiendo, hablo y corto. Me visto despacio, retrasando cada acción al máximo, pierdo las zapatillas, busco la campera, las llaves no están donde deberían, salgo y vuelvo, la luz quedó prendida. Estaba preparada, los últimos meses habían sido el prólogo de este momento y estaba preparada, ya no había pánico. El trayecto al hospital es calmo, aunque sé la urgencia de la situación igualmente decido subirme al colectivo. Luján llama, dónde estás, te estamos esperando, por qué tardas tanto, vení.

-Luján, estoy yendo, para un poco, ya está.

Pero no para, sigue. Las excusas son variadas, el médico necesita la firma de las dos, donde guardo las cosas de mamá, cuál es la clave del seguro social, y así hasta el llanto.

-Calmate, ya está, calmate por favor- le repito una y otra vez a mi hermana desde el asiento trasero del 39, intentando mantener un tono bajo de voz para que el resto de la gente del colectivo no se de cuenta. Mi hermana llora a los gritos del otro lado del teléfono mientras le repito de modo automático una y otra vez que todo terminó, que no había nada más que perder. Lo hablo en voz calma, constante, para convencerme un poco a mi también de que ya está todo donde tiene que estar. Me bajo y camino las dos cuadras hasta la clínica. Cuando entro la recepcionista me saluda, mostrando su mejor cara de lástima. Me conocen y la conocen a mamá, había pasado el último mes entrando todos los días por esa puerta, viendo las mismas caras rotar cada ocho horas. Le devuelvo la mueca y camino por los pasillos hasta la habitación de mamá, camino despacio, mirando por primera vez esos cuartos que hasta el momento sólo habían sido receptáculos de lo ajeno. Ahora, sin embargo, los pasillos están habitados; jóvenes vestidos con ambos charlan sobre si salir o no a almorzar con la lluvia, quizás mejor podemos comer acá, dicen mientras uno de ellos se apoya con el codo en la pared. Todo es blanco, otra vez. Atraviezo la sala de espera y observo los rostros, con calma, avanzo paso a paso, reteniendo la dolencia de esos rostros anonimos. Por primera vez en varias semanas ellos son los que se mueven y yo me mantengo estática, observando sus cuerpos ir, venir y hasta permanecer en lo inmediato.

*

Luján ya no llora. Matías, el novio, la abraza. El médico está sentado en la cama tendida tirante, con una pierna arriba y otra abajo. Dice lo que tiene que decir, por la cara de Luján me doy cuenta que es un discurso ya repetido. Mamá se murió como nos dijeron que iba a pasar, que el cáncer había avanzado más rápido de lo que ellos pensaron, que por su edad estas cosas podían pasar. Nadie les estaba reprochando nada, pero en su tono había una necesidad de explicar, de excusarse, de librarse de una culpa que no le correspondía. Me toca el hombro, apretandolo, y sale de la habitación. Matías se levanta y sale detrás de él.

Me siento al lado de Luján, quiero abrazarla pero no sé como. La miro de reojo, intentando descubrir por donde podría pasar mi brazo. Ella tiene la mirada perdida en la cama. Le agarro la mano, está tan cerrado sobre sí misma que no hay lugar para otro cuerpo que la sujete. Ante el contacto me mira y sonríe con una mueca cansada. -¿La pudiste ver?- Me pregunta. La veo a mamá bañada en luz, por un segundo casi me olvido que ya no está acostada en la cama frente a nosotras. ¿Quiero verla?, ¿quiero verla tirada en una camilla inmóvil, con su rostro petrificado de paz, con la sangre yendo y volviendo en sus venas, en un vaivén incierto, confundido, sin saber donde decantar?.

Luján me besa en la mejilla y se levanta, estirando su mano para ayudarme a levantarme del sillón en el que mi cuerpo se había encastrado. -Necesitan tu firma en algunos papeles- Me dice, ya con sus ojos secos. Abro la puerta y la luz entra como indulgente, reflejándose en los vidrios de mis anteojos, camino a ciegas y salgo de la habitación que era de mamá.

martes, 1 de noviembre de 2016

Todos los hombres son el mismo hombre


Las nubes implican que el calor insoportable de Abril esta por terminar, no es que un par de nubes realmente signifiquen algo, estamos acostumbrados a las indeterminaciones climáticas, vivimos en la incertidumbre siempre con un paraguas bajo la manga, pero en algún punto esto abría un pequeño momento de esperanza. Camino unas cuadras despacio, abombada, pensando a dónde ir. José se había ido durante el fin de semana con un bolso diminuto y seguramente quería volver a buscar el resto. El celular no deja de sonar, puede que sea él, pero tener que escucharlo va a desbarrancar cualquier estabilidad que finja haber logrado en los últimos días. El celular sigue sonando. Está bien, son sus cosas.



-¿Hola? Si, ya sé, perdón, estoy con mucho laburo. Si, si, seguimos con ese proyecto. ¿Vos todo bien?. Ah, si. Llego en un rato, si queres pasa a las nueve. Podes quedarte con las llaves, Jose… Bueno, te aviso, chau.

Me acomodo la mochila y me subo la mano a la boca, me mordisqueo el costado del dedo gordo de a poquito hasta sacar el pellejo de piel que me molesta. Es un tic bastante infantil que todavía mantengo, el saltito en el lugar mientras ajusto la mochila al hombro y el inmediato mordisqueo del dedo para amainar la atención que haya podido llamar ante los ojos ajenos. Camino concentrada. Mentira, camino y ya, camino a porque tengo que hacerlo para llegar, camino porque no necesito pensar para hacerlo, sale automático, caminar como respirar, caminar como un medio de supervivencia. Quizás le hablé mal y no me di cuenta, quizás podría haber sido más amable, no importa si él me dejó o yo le pedí que me dejara, no importa nada en realidad, ¿está lloviendo? si, llueve, puede que el calor finalmente nunca se vaya y esta sea nuestro nuevo clima subtropical, lluvia y calor, la ropa pegada al cuerpo mientras caminamos sin saber a donde ir, evitando afrontar nuestras derrotas cara a cara.
Escucho un murmullo y freno, no puedo distinguir si me hablan a mi o a otra persona, el ruido de la lluvia, los autos, la gente, no entiendo. Miro alrededor y reclinado sobre una persiana baja lo veo. Me repite lo mismo, con un tono entrecerrado, arrastrando un poco las eses “bonita, no te comas las uñas, comeme a mi”. Sigo con el dedo en la boca, mordisqueando el pellejo. Le podría explicar que no es la uña, que es la pielcita de alrededor, que es un tic que tengo desde chica, que es que estoy desconcentrada y un poco nerviosa, pero también pienso que loco que este hombre quiera cogerme mientras yo estoy acá, un poco perdida, empapada por la lluvia ¿será que no necesita considerarme persona para querer estar conmigo?. Lo miro, fijo, tampoco sé muy bien que estoy haciendo, y él me repite una y otra vez que lo coma, que lo degluta. Comeme a mi, vení, deja eso y comeme a mi, convertite en el contorno de mi deseo pero mantenete en el anonimato de lo de intangible, dale, vení, comeme, dejame acabarte en la cara, o mejor, tragala, y después andate, lejos, y no vuelvas, pero si podes dejame tocarte las tetas mientras te empujo con la otra mano la cabeza bien al fondo, como si pretendiera agujerearte la tráquea para ver la punta de mi pija salir por tu nuca, porque en el fondo solo importa eso, mi ego, mi pija, solo sos un contenedor, el espíritu santo del felatio.
El hombre que habla desde las sobras no tiene cara, sin embargo, intento reconstruirla una y otra vez, ¿será narigón?, ¿manos grandes, con callos o manicura?, ¿será que tendrá algún apodo?, ¿le gustará el helado de sambayón?, ¿qué piensa del último gobierno, de las subas de los precios, de la inflación que dicen que no existe, de los despidos?. No había cara. No había cara, ni nombre ni espacio, sólo la invitación. Entonces remonté a este hombre tan contento de estar dentro mío a aquel hombre que sí conocía, a aquellos hombres, esas caras, esas manos, esos gustos de helado. Lo armé de a poquito, volví al campo, el viento de las sierras, los pies embarrados, el cuerpo marcado por el sol mientras te invita a esconderte con él para que la mujer no se entere, o al primer chico que se te acerco en un boliche, envolviéndote con el brazo en la cintura y tocándote el culo sin preguntar, o el hombre que podría haber sido tu abuelo que se apoyó sobre vos con el bulto que sobresalía de su pantalón en el colectivo, por qué no también aquel primer novio que te acusaba de lesbiana porque no querías masturbarlo. Y así, todos, creando mi propio estereotipo de masculinidad, aquel que recae sobre mi consciencia de un modo cruel y contradictorio. Ahora este hombre era ese hombre pidiendo ser comido y al cual mi cuerpo se entregaba sin pretender nada más que cubrir el ansia, llenarla hasta rebosar y sentir la tranquilidad, el falso equilibrio de no sentir la picazón durante un ratito más porque eso hacía cuando el deseo del otro caía sobre uno sin poder contraatacar, el sexo es del otro, la máquina de follar, el estómago lleno hasta el próximo atracón. Podía ser ese o podía ser otro, podía ser cualquiera, en el fondo todos los hombres son el mismo hombre excepto el que no te desea.

lunes, 24 de octubre de 2016

Me pasé el día mirando por la ventana del departamento. Le digo el departamento porque no es mío y no puedo considerarlo algo más que eso, sin embargo, todas mis cosas están desparramadas por ahí y mis bombachas están en los cajones.
El día estuvo gris claro, como si el sol quisiera salir pero todavía no fuera el momento, quizás un poco de fiaca, como la que tengo yo y por eso me quedo acá, echada, inmóvil, no sea cuestión que me mueva y algo cambie y tenga que volver a empezar.  Leí en una entrevista en la que Brian De Palma contaba que cada vez que a una de sus películas no le iba bien, quedaba desterrado del sistema de estudios y tenía que volver a empezar. Una y otra vez, volver a empezar. Pensé, que síntesis la vida, que es lo mismo que hacer películas; tener que empezar desde cero todo el tiempo.
Quizás el cero no es el punto de partida real, como en la narrativa, el cero puede estar(ser) en la mitad del conflicto, atrás del cero hay un pasado y volver a empezar no requiere borrar ese pasado, borrón y cuenta nueva no existe ni en la vida ni en el cine.
Vuelvo a pensar en la ventana. Ahora estoy afuera, y miro para adentro. La visión no es la misma, el adentro es mi afuera y el afuera es aterrador pero viejo, conocido. El vecino tiene un gatito y cercó todo el balcón. El gatito nunca aparece y el vecino tampoco, sólo queda de ellos el balcón cercado muy desprolijamente y algunos envases de cerveza vacíos. Quizás es su volver a empezar, no creo, pero tampoco puedo estar segura.

lunes, 11 de enero de 2016

Hoy se murió Bowie.

El mensaje decía "Murió David Bowie, estoy desolado". Lo leí cuando me desperté para ir al baño a las siete. Una vez más la tecnología había generado nuevas costumbres de control, así que me levanté, agarré el celular y fui al baño. Miré la hora mientras hacía pis, el simbolito de mensaje titilaba. Lo abrí, Bowie se había muerto. Dejé el celular y volví a la cama, me acosté. Él abrió los ojos por tanto movimiento y me sonrío, como hace cada vez que me muevo y lo despierto. Lo mire y no le devolví la sonrisa, todavía estaba pensando. Me intrigaba el cómo. Si, el cómo. Cómo alguien como Bowie se muere así, de un día para el otro, sin aviso, sin destellos. Se murió y ni pidió permiso. "¿Está todo bien?" me preguntó él, porque yo no le devolví la sonrisa y no me dormí enseguida, como hago siempre; él me mira, yo lo miro y nos dejamos seguir durmiendo. "Se murio Bowie". Los dos dejamos los ojos abiertos un rato más. "¿Cómo?", "No se, no tengo idea". Mientras pensaba me acordé de mi abuela contando lo triste que se puso cuando murió Cortázar, siempre cuenta que lloró mucho y que estaba desconsoladamente triste porque a partir de ese momento asumía que nunca más iba a poder leer nada nuevo de él, que hasta ahí llegaba su voz. La imagen de mi abuela contando su recuerdo me hicieron sonreír un poquito, porque no puede haber inocencia alguna en su último disco, nos dejó ver lo último de su voz. De fondo el día empezaba a vivir, el vecino taladraba algo, los pájaros cantaban, la calle se llenaba de autos estridentes y nosotros nos quedábamos ahí, tirados en una cama en un mundo en dónde Bowie ya no existía.

martes, 29 de diciembre de 2015

un héroe

Lo más valioso que aprendí el último tiempo es a guardar cosas para mi, de este modo uno aprende que vale la pena compartir y que no pudiendo darle a cada momento un valor particular se salva a cada situación de volverse redundante y equitativa. No todo debe decirse, y no todo tiene que ser escuchado y comprendido por otros. Claro que hay algo de solitario en el proceso, pero nada es inocente y se le aparece a uno porque si. No, claro que no. Llegar al punto en que uno decide no compartir surge de una necesidad de comprenderse a uno mismo, y por otro lado, de no endiosar al otro convirtiéndolo en eso maravilloso y único que nos puede salvar. Ahora soy sólo yo, buscando que todo momento se vuelva la huella para algo más grande, para un plan que me lleva a otro lugar y me convierte en el héroe usurpador de deseos generales, luchando contra grandes monstruos y logrando esquivar todos los obstáculos que se me presentan. Un héroe, que quizás por dentro está recomponiendo cada una de sus partes, pero que no todos tienen el derecho de saberlo. Si no saben, no pueden reprochar. O quizás si saben pueden comprender. El dolor no está en compartir, si no en la misma acción. Ahí es dónde reside el más amplio dolor del héroe.

Hace algunos días que volvió la angustia. Uno piensa que a esta altura hay cierto grado de acomodo en las transiciones pero la realidad cada vez que vuelve a aparecer es como si nunca se hubiera ido; todo se tiñe de inconcluso y ya no se puede seguir con nada más, se pierde el eje.
Cuando se va, una ola de optimismo rodea cada paso y el mundo de golpe no es tan grande como creías, todo está a unos pequeños pasos de tus manos y simplemente podes ser. Es un ir y venir constante, como un juego de ciclismo infinito del que no se puede salir. En el fondo, siempre se vuelve al mismo lugar, una y otra vez, no importa cuanto avances, termina siendo el mismo.

A veces pienso que vivo con esto desde que tengo la posibilidad de reflexionar. Cuando empiezo a unir los puntos, todo tiene sentido. Me gustaría acercarme a mis conocidos y preguntarles si ante sus ojos siempre fui así, si hay patrones que noten en mi, si me repito, si ven cuando estoy ahogándome, qué se siente ver el vacío en mis ojos. Quiero descifrar si esto es parte de mi, o simplemente algo que se aprisionó como garrapata y no quiere irse. No estoy segura que parte me tranquilizaría más, porque si esto no soy yo quizás no haya nada debajo, quizás sólo soy la construcción de  algo invisible que no puede mostrarse y se alimenta de una necesidad más allá de lo humano, más allá del amor o cariño que pueda haber, más allá de todo.
Quizás si no soy esto no puedo ser nada más.